Hay un silencio inusual en estos espacios. Es martes de Carnaval, día festivo en la ciudad. Forzadamente recluido, percibo sin embargo ese silencio como una oportunidad excepcional para contemplar sin veladuras ni cortapisas el trasfondo de una arquitectura que engaña y se nos escapa y engaña, como si sus líneas y volúmenes verdaderos se volatilizasen en la cercanía y la visión global nos transmitiera la sensación de hallarnos ante un monumental trampantojo. Ejercito el juego de identificar elementos y combinarlos con el fin de hallar el acertijo, la clave de este cóctel, y no lo encuentro. La perplejidad precede siempre al deslumbramiento, que aquí nace en una fuente de abandono. La azulejería emborracha la mirada y su efecto óptico obliga a detenerse en esa escalera que da un paso de baile de salón y trastoca la serenidad de un supuesto clasicismo.
Las felicitaciones navideñas de Moya tenían siempre algo inquietante, como si el sueño de la razón de ese clasicismo se hubiese desbocado y el fanatismo produjese la alucinación de los monstruos que, más que construir, habían de habitar esas arquitecturas utópicas. Había en los dibujos algo de ese Piranesi que de las plácidas Vedute , con su sentido determinista de las ruinas, con esa belleza congelada, abraza como escape de esa serenidad impuesta por el tiempo el prodigio imaginado de las Carceri con toda su carga de provocadora modernidad. En Moya, al fin, el hombre volvía a ser medida de todas las cosas, reinaba sobre su destino y levantaba la ciudad de acuerdo a sus necesidades. Esas felicitaciones siempre contenían el mensaje de una esperanza futura asentada en las realidades transmitidas, en la herencia tangible de todo diseño que se ha hecho arquitectura.
Me asomo a ese patio-plaza cruzado por cierres geométricos, y ahora son tres gatos los que dan la medida de esta monumentalidad que es una carcajada y un homenaje a la arquitectura entre el vuelo de palomas que van a posarse sobre las estatuas descabezadas de la capilla, portando el mensaje de la imposibilidad de introducir la ciudad en la ciudad por excelencia. Liberado tras el salto, paseo ahora por la sede de LABoral Centro de Arte, frente a un muro de cajas de Moroso, y acierto al entender esta transformación como aquel “Resurgam” de Wren en traducción local de gran trascendencia. En 1666, la vieja catedral de San Pablo de Londres fue destruida por el fuego. Cuando el gran arquitecto Cristóbal Wren estaba limpiando los escombros para la reconstrucción, encontró un fragmento de losa donde sólo quedaba grabada la palabra “Resurgam”, es decir: “Resurgiré de nuevo”. Wren interpretó este hecho como un buen augurio y colocó esa palabra, bajo un relieve del Ave Fénix, sobre el pórtico sur de la nueva catedral de San Pablo.
Resurgiré de nuevo con los artistas, con la arquitectura, con el paisaje, con los lenguajes de mi tiempo, extendiendo presencias y anclando aspiraciones.
A nuestro lado, los sollozos transmiten el dolor por la muerte, como anuncio de que las cenizas traerán otra vida, y en la carretera avanza una máscara desencajada, un disfraz que quiso ser geisha con kimono de seda roja y crisantemos bordados, como escapada de un Úrculo que se vino a vivir entre las nieblas del norte. Definitivamente, ésta es otra oportunidad, otra época.
Guache frontal, riente, pero sin la sonoridad radical de esa carcajada hiperbólica que siempre lo acompañó, es noticia gráfica por la firma de los ejemplares de su última obra literaria en la Feria del Libro de Madrid, esa ciudad suya, lejana de este Luanco natal que le revuelve en la distancia las nostalgias poéticas. Viste una camiseta juvenil con estampado gráfico de su fiel escudero César Fernández Arias, el ilustrador que lo ha acompañado en algunas de sus aventuras por el mapa del ripio y el gracejo, la poesía festiva de esos monologuistas que reviven ahora en los festejos populares, y que tuvo traducción vanguardista en aquel Avilés de los primeros treinta de la mano de una Ana del Valle que enjaulaba su Pájaro Azul entre rejas de provocación y absurdo:
¡Con un arco de canela
Minerva mató una acacia!
Un Apolo en calzoncillos
Se ríe de las tres gracias
Un perro de ojos cansados
Muerde los pies de un reloj
¡Enero de arroz con leche
Está tocando el tambor!
Ante este mar de espesura blanca, bronco con la villa vacía en este día apagado por los grises, rememoro algunas de las prosas poéticas del pintor poeta, infancia mediante, de aquel Luanco de baúles de alcanfor y cómodas de caoba en cuyos cajones se custodia la memoria marina de los antepasados, sin que falten búcaros sosteniendo las rosas desfallecientes: estirpe de los González Blanco.