Lenguaje, genealogía y herencia. La construcción de las redes sociales

Carlos Briones, Susanna C. Manrubia y José Ángel Martín-Gago Centro de Astrobiología (CSIC-INTA), Madrid

El proceso evolutivo, en una de sus innumerables ramas, hizo que ciertos eucariotas pluricelulares acabaran siendo animales, y que entre ellos algunos primates desarrollaran enormemente su cerebro. La evolución nos ha hecho humanos. Hoy en día, seres sociales como somos, cuando pensamos en nuestra red de relaciones damos con frecuencia un gran peso al papel desempeñado por una historia (contingente), por la herencia familiar, por nuestra memoria. Pero el comportamiento de grandes grupos se rige por principios estadísticos, no por voliciones personales. Hay fuerzas entre nosotros que nos acercan o nos alejan de los demás, que nos hacen preferir un grupo a otro. En ocasiones nuestra personalidad desaparece y asemejamos más un grupo de insectos sociales que una sociedad de individuos propiamente “individuales”. Quizá no somos más que partículas transportadoras de interacciones, fotones que entrelazan su ser a otros y participan de una red de relaciones que veríamos extenderse a toda la humanidad si no tuviéramos tan corta vista. Cuando definimos nuestro estar en el mundo por la inmediatez del aquí y del ahora perdemos perspectiva. Nuestra propia dinámica relacional dicta quién está y quién no entre nuestros nodos vecinos y condiciona el establecimiento de caminos que, a vista de pájaro, atraviesan toda la sociedad; percolan. En ocasiones, el plano de una ciudad no es más que una superficie cubierta de átomos donde la red se define por las ausencias. Igual que el nanomundo construye el universo químico con ayuda de las fuerzas fundamentales, y éste es la base de los principios que consintieron la evolución de la vida y de cerebros complejos, y estos últimos a su vez representan la piedra angular sobre la que sociedad y cultura se hacen posibles, debemos imaginar mayores niveles de organización que nos trascienden y en los que probablemente seríamos el equivalente de esas simples moléculas de RNA que se trasladan por un inabarcable espacio de secuencias sometidas a los vientos de la evolución.

En la base de nuestro ser social, de nuestro estar atrapados en la red, se encuentra nuestro bagaje cultural y biológico. Es ésa una enorme cantidad de información heredada que nos relaciona con todos y cada uno de los humanos de este denso mundo. Somos hijos de dos individuos de distinto género. Uno nos cedió el apellido, otra las mitocondrias; ambos, nuestros genes nucleares, íntimamente mezclados, y el idioma. Lo que reivindicamos como individualidad es en realidad la compleja articulación de lo que nos ha sido dado y su expresión en un ambiente que nos condiciona de mil formas imperceptibles. Somos seres en un contexto, nodos inseparables en la red humana.

Nuestra herencia es visible, entre otros, en nuestra genealogía. Tenemos dos padres, cuatro abuelos, ocho bisabuelos, y así sucesivamente, en una explosión de individuos que vivieron en el pasado y que nos han legado parte de su genoma, como se muestra en el árbol genealógico de la Figura 3. Ésa es nuestra versión local del árbol de la vida, el que acaba relacionándonos con hongos, plantas, bacterias y todos los demás seres vivos. El apellido o la lengua que hablamos, dos caracteres a los que habitualmente mostramos un desmedido apego, no son más que una fracción ínfima de lo que constructivamente acumulamos. Si nos remontamos tan sólo doscientos años en nuestro árbol genealógico, el número de nuestros antepasados aumenta a unos mil individuos. Probablemente todos han contribuido a nuestro genoma; sólo uno a nuestro apellido.

La situación se vuelve paradójica si seguimos mirando hacia atrás. Eran entre diez mil y cien mil humanos modernos los que habitaban la Tierra hace cien mil años. En nuestro árbol genealógico debería aparecer un innombrable número de individuos: un uno seguido de unos mil cuatrocientos ceros. Pero sólo los humanos presentes en aquel momento pueden formar parte de él. La solución es sencilla. A medida que nos remontamos en nuestro árbol, la frecuencia de individuos que aparecen repetidos aumenta: todos conocemos ejemplos de parientes más o menos cercanos que se han casado entre ellos. Éste es el origen de las repeticiones y también un ejemplo evidente de cómo la sociedad construye redes... y las redes determinan a su vez la sociedad. La semejanza entre los árboles genealógicos de cualquier par de individuos actuales tomados al azar aumenta a medida que nos remontamos en el tiempo. No necesitamos ir demasiado lejos. Supongamos una población de mil individuos donde las parejas se escogen aleatoriamente y cuyo número se ha mantenido más o menos constante en el tiempo. Bastan dieciocho generaciones para que los árboles genealógicos de todos los individuos sean idénticos, momento en el que aparece una población ancestral (alrededor del 80% del total) que es antecesora de todos los individuos actuales. En una población de tamaño N con las características anteriores se requiere un tiempo aproximado de 1,77 log N para que aparezca un primer antepasado común entre dos actuales escogidos al azar. Y el paso desde la aparición del primer individuo común en dos árboles genealógicos hasta la semejanza completa sucede en unas catorce generaciones, con independencia del tamaño de la población. Ese tiempo es poco para afirmar que es la herencia la que nos diferencia.

El aislamiento geográfico, mucho más frecuente en siglos anteriores que en este presente globalizado, ha propiciado la aparición de diversidad entre los humanos. Las poblaciones que han estado más tiempo aisladas tienen rasgos culturales más distantes de la media que otras poblaciones en las que se han mantenido intercambios regulares. La diversidad lingüística es el más claro ejemplo de cómo construir multitud de comunidades independientes desde el punto de vista idiomático por la sola acción de barreras geográficas que limitan la movilidad. A su vez, el efecto de las barreras desaparece en el momento mismo en que se establecen relaciones frecuentes entre dos grupos dispares en cuanto a su idioma. Las más de quinientas lenguas habladas en Papúa Nueva Guinea son un ejemplo del primer caso; las lenguas criollas que aparecieron en unas pocas generaciones por la necesidad de establecer contactos comerciales y la pérdida de complejidad gramatical que conlleva son ejemplo del segundo. Nuestro mundo ha experimentado una transición irreversible hacia la homogeneización con la aparición de los medios de transporte y la red de información global. Los flujos entre poblaciones, la facilidad con que recorremos grandes distancias, la probabilidad cada vez mayor de residir en varios lugares distintos y distantes, la mezcla cultural que todo ello implica, han cambiado la estructura del proceso de herencia lingüística y cultural. En las sociedades agrícolas europeas de los últimos siglos la distancia de residencia típica entre marido y mujer oscilaba entre cinco y diez kilómetros. Actualmente esta distancia es mucho mayor. El flujo a escala global, que no deja de aumentar, configura una estructura social nueva. Las lenguas desaparecen de forma irremediable y su transmisión ya no está dominada por la herencia de padres a hijos, sino por un motor sociocultural que empuja a trasladarse en busca de una vida quizá no mejor, pero ciertamente más occidentalizada. Y en red (…)

Figura 3: ¿árbol genealógico de Enrique VIII o la red social de sus antepasados? Las repeticiones en la genealogía son comunes no sólo para las poblaciones pequeñas (como la nobleza, formada por individuos que históricamente sólo se han casado con los de su condición), sino para cualquier población si vamos suficientemente atrás en el tiempo. [Figura extraída del artículo “Genealogy in the Era of Genomics” de S. C. Manrubia, B. Derrida and D. Zanette publicado en American Scientist 91, 158-165 (2003)].

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